Puerta de los payares asturianos

En cada puerta antigua hay mucho más que madera: hay oficio, tiempo y una forma de entender la belleza que merece seguir viva.

Hay puertas que simplemente cierran un espacio.

Y hay otras que cuentan una historia.

Cuando paseo por Asturias y encuentro una puerta como esta, me detengo en los detalles. En la madera trabajada a mano, en las marcas que ha dejado el tiempo, en las uniones, en las proporciones y, especialmente, en esos pequeños casetones que convierten una pieza funcional en algo mucho más especial.

Esta es una puerta de un antiguo pajar asturiano.

Y para mí, también es una pequeña muestra de la riqueza de los oficios tradicionales de Asturias.

Una puerta para un payar

En Asturias, los graneros y construcciones destinadas a guardar la hierba y otros productos del campo reciben tradicionalmente el nombre de payares.

Forman parte de la arquitectura rural asturiana y aparecen integrados en el paisaje junto a casas, cuadras, hórreos y otras construcciones vinculadas a la vida campesina.

Sus puertas tenían una función muy concreta: cerrar, proteger y permitir el acceso a estos espacios.

Pero que una pieza tenga una función práctica no significa que carezca de belleza.

Al contrario.

En muchas de estas puertas se puede descubrir el cuidado puesto en cada elemento.

El detalle de los casetones

Una de las cosas que más me llama la atención de estas puertas son los casetones decorativos.

Pequeños relieves y piezas de madera que rompen la superficie y crean un ritmo, una textura y una profundidad que cambia por completo la presencia de la puerta.

No son adornos gratuitos.

Son el resultado de un trabajo manual que requiere tiempo, precisión y conocimiento de la madera.

Cada pieza debía ser cortada, ajustada y colocada de manera que encajara con el conjunto.

Y precisamente por eso, cuando observamos una puerta antigua, estamos viendo también la mano de quien la hizo.

Cuando el oficio forma parte de la pieza

Hoy estamos acostumbrados a que muchas cosas se fabriquen rápidamente y de manera industrial.

Una puerta puede salir de una línea de producción perfectamente acabada, repetida una y otra vez.

Pero una puerta como esta pertenece a otro tiempo.

A un tiempo en el que el conocimiento del material formaba parte del oficio.

Quien trabajaba la madera sabía leer sus vetas, conocer sus resistencias, aprovechar sus características y resolver cada pieza desde la experiencia.

El resultado podía ser imperfecto.

Y precisamente por eso tenía carácter.

Las pequeñas diferencias, las marcas de las herramientas y las irregularidades forman parte de su identidad.

Recuperar una forma de hacer

En L.lar Diseño Circular me interesa especialmente poner en valor este tipo de patrimonio.

No solo por conservar objetos antiguos, sino por recuperar la mirada que existe detrás de ellos.

Recuperar un oficio también significa reconocer el conocimiento que contiene.

La manera de trabajar una madera.

La forma de ensamblarla.

La paciencia necesaria para conseguir un buen resultado.

El respeto por el material.

Y esa capacidad de crear belleza a partir de algo pensado, en primer lugar, para ser útil.

Una tradición que puede seguir hablando

La tradición no tiene por qué quedarse congelada en el pasado.

Puede inspirar nuevas formas.

Puede entrar en una vivienda contemporánea, en un espacio hostelero o en un proyecto de interiorismo.

Puede convertirse en un detalle, en una textura, en una proporción o en una manera diferente de entender un objeto.

Eso es lo que busco cuando miro estas piezas.

No copiar.

No reproducir el pasado sin más.

Sino entenderlo.

Observar qué hay detrás de cada solución y qué podemos aprender todavía de ella.

Porque conservar una tradición no siempre significa mantenerla exactamente como fue.

A veces también significa darle la oportunidad de continuar.

La memoria también se construye con las manos

Estas puertas forman parte de una cultura cotidiana que durante mucho tiempo estuvo presente en los pueblos asturianos.

Hoy muchas de esas construcciones han perdido su función original y algunas se encuentran en un estado de deterioro que hace difícil imaginar la vida que tuvieron.

Pero sus materiales permanecen.

Y con ellos permanecen también las huellas de quienes los trabajaron.

Una puerta de payar puede parecer, a primera vista, simplemente una puerta antigua.

Para mí es algo más.

Es madera, es oficio, es arquitectura y es memoria.

Una pequeña parte de la cultura asturiana construida con las manos.

Y quizá ponerla en valor empiece simplemente por eso:

por detenerse a mirar.